Ahora mismo tengo mucho miedo. Llevo toda la semana planeando impaciente el viaje de hoy. Algo más de dos horas, un poco de jaleo al entrar en la capital, una reunión de conocidos queriendo conocerse mejor, una cena, una fiesta... No tiene importancia, tiene buena pinta, será divertido, algo más que contarle a los nietos.
Pero tengo miedo, miedo como si tuviera 17 años y me fuera a estudiar a una ciudad desconocida, donde no tengo a nadie, donde empezar de cero, donde todo es posible porque no hay antecedentes; miedo como cuando llega esa noche que sabes que va a ser la primera y el mundo te envuelve de señales que te gritan que no, que te susurran que sí; miedo como cuando tienes que llamar a tus padres y decirles que has tenido un accidente de coche, que estás en otra comunidad, que no estás sola, que el coche está destrozado y tú viva por fuera y muerta por dentro. Tengo el miedo de quien decide en su vida. Tengo el miedo de quien sabe que es un mero testigo de lo que sucede en su vida. Miedo de perder, de ganar, de quedarme como estoy. Miedo de coger el coche en cinco horas y miedo de quedarme en la seguridad de mi casa. Miedo. Miedo. Miedo...